|
Si formulamos la pregunta por la incidencia del psicoanálisis en la cultura, seguramente el resultado sería decepcionante. La
respuesta más habitual es de un profundo desconocimiento que, en el caso de los “académicos”, se enuncia con la fórmula,
repetida luego por los loros, de que “el psicoanálisis está superado”. Bajo esta sentencia se cobijan intenciones varias que
nadie cuestiona porque una réplica podría revelar la ausencia de modernidad en el incauto que se atreva a preguntar por qué o
por quién. Nada más temible que estar “pasado de moda”, hay que estar a la última. Y de dónde viene la última? De EEUU,
por supuesto.
Ningún intelectual serio ignora la incidencia del saber analítico en la subjetividad del siglo XX y en el recién estrenado siglo
XXI. Pero la honestidad intelectual es fácilmente desdeñada en favor de otros intereses. Entre los que reiteran este tipo de
slogans, los hay muy audaces, intelectuales mediáticos que presumen de no haberse psicoanalizado, de no haber necesitado
nunca leer a Freud o a Lacan o, a lo sumo, de haberlos leído con un interés meramente literario. Ah! Qué delicias promete
la infatuación! Así se plasma el ideal del ego autónomo, uno de los ideales americanos más potentes, el de no necesitar
nada de nadie porque puede ser peligroso reconocer que lo que uno sabe se lo debe a otro, reconocer que el deseo es el
deseo del Otro, al punto de que nuestro humilde o ilustre nacimiento tuvo ese origen. Invocar a los griegos o a los
clásicos es incluso necesario, pero admitir una filiación freudiana es más incómodo, menos seguro en la medida en que puede
desencadenar efectos imprevisibles, efectos de transferencia con un saber que no se entrega fácilmente por la sencilla
razón de que hace falta que uno ponga la carne en el asador, subjetivándolo, implicándose, comprometiéndose
en él, lo cual desenmascara en un plis plas las intenciones del ego.
Qué temores y temblores convoca el reconocimiento de una deuda simbólica, la que todos tenemos con aquéllos que
nos abrieron un camino hacia la verdad, con los espíritus lúcidos que forjaron los senderos auténticos en el entendimiento
profundo de las cosas. No nos extrañe que sean los americanos los que promueven la autogestión, la autoestima, la auto
etcétera. Ellos han podido fabricar enfermedades, diagnósticos psíquicos y tratamientos ad hoc ignorando su deuda con
Europa, con un saber que estuvo siglos cultivándose en un ejercicio crítico, contrastado, metódico. Una cocina así requiere
tiempo y el imperio no lo tiene, con lo cual sus esclavos tampoco y pronto se llega a la conclusión de que no hace ninguna
falta, porque hay soluciones más eficaces y más rápidas, aunque sea al precio de la debilidad mental, de un saber
abstracto, simplón y aburrido. Primum vivere, última razón sin duda.
Conviene considerar ahora otro de los argumentos en boca de los profesores de psicología, el de que el psicoanálisis
no tiene base científica, y los loros repiten ¡ no es científico! ¡no es científico! Y se inclinan ante el nuevo totem de la
única ciencia que conocen, la experimental y el método estadístico. Sin duda, la ciencia ha dado lugar a descubrimientos
asombrosos, a avances tecnológicos insólitos. Pero la ciencia también ha creado monstruos, y los adoradores de las
falsas ciencias psicológicas “de moda”, cuya confianza se asienta en las estadísticas, en los números, en las cifras,
en las tablas de evaluación ya no tienen de qué preocuparse, porque el “carácter científico” de sus técnicas les otorga el
confort necesario para evitar hacerse preguntas, para no llevar a cabo una profunda interrogación sobre lo que hacen,
aunque sus pobres instrumentos no sean eficaces para resolver ni los síntomas ni el malestar de quienes les consultan.
Ocupados como están en hacer curriculums, protocolos y programas, pueden desoír incluso la voz de su conciencia,
aquélla que a través de los siglos orientó las formulaciones de la ética. Y así, abrazados a los resultados de sus tests y sus
pruebas, deciden sin que la mano les tiemble, la cronificación, la segregación, la estigmatización, el destino de muchos sujetos
que no entran en sus parámetros de normalidad.
Pero los loros no se callan fácilmente, y esgrimen el argumento más fuerte, de qué sirve hablar y remover el pasado?
Que seres de palabra desprecien la materia en que han sido hechos, o malogrados, formulen esta pregunta tan necia no deja
de sorprender. Es incomprensible que todos los productos de la cultura sean descalificados de este modo, la poesía,
la música, el pensamiento, la riqueza de los símbolos que en definitiva son nuestro único patrimonio. Estos conocimientos
en los que debemos abrevar para conquistar un pedazo de existencia digna merecerían un respeto mayor.
Pero los loros no se avergüenzan y por eso chillan, gritan, vociferan clamando porque se les escuche y reciben la respuesta
de otros loros con idéntica pretensión. Deberían contemplar que el silencio y el arte de la conversación dependen del modo
de decir y del modo de callar, en fin, de la forma en que habitamos en el lenguaje, de la forma en que gozamos de él.
Se suele acusar también al psicoanálisis de tener respuesta para todo. Sería más preciso decir que tiene preguntas para
casi todo. Lo cierto es que despierta la llamarada poco común del querer saber, pero sería absurdo pretender que es una
cosmovisión, más bien nos alerta contra cualquier intento de fabricarla. El psicoanálisis es una práctica, práctica de la
palabra singular sin duda, pero que como tal está advertida de sus límites, de su potencialidad creadora, pero también
de sus estragos. Ciertamente el psicoanálisis no tiene respuestas para todo, pero también es cierto que sólo el psicoanálisis
nos enseña a leer el inconsciente y las pulsiones en nosotros mismos y en los demás. Y para qué? Para no andar extraviados
por el mundo, asediados por imperativos que desconocemos, alienados a oscuros dioses mudos, terribles, que demandan
los mayores sacrificios: nuestra singularidad, nuestro deseo, nuestra acción, empujándonos en una carrera, errática y ciega,
hacia fines que ignoramos o sumiéndonos en la mayor apatía, la inacción, la resignación.
Esos dioses tienen un nombre ‘pulsiones de muerte’, noción paradójica que reúne la fuerza de la vida pero cuyos efectos
son mortíferos y que, aún agitando nuestro interior, se nos presentan como lo más ajeno. Sus nocivos efectos
antisociales no por inconscientes son menos poderosos.
Pero lo más importante sin duda es disponer de una práctica que, mediante un artificio, un dispositivo que ordena lo más
esencial de lo social en su expresión mínima, dos personas, el analista y el analizante, actualiza la complejidad de
sus implicaciones subjetivas y conduce a su simpleza lógica en el final de la experiencia. La eficacia simbólica de la práctica
analítica ante estas fuerzas pulsionales, egoístas y destructivas, pacifica los lazos entre las personas, impidiendo la degradación a la que de otro modo son encaminadas por el desconocimiento y la irresponsabilidad. Su beneficio es grande, si tenemos en cuenta
que nos enseña a dilucidar los verdaderos resortes de nuestra conducta y de nuestras elecciones, en definitiva,
de las cosas más importantes.
Pocas cosas son tan desgraciadas como no saber discernir lo que tiene verdadera importancia. Y cuáles son las
cosas que tienen verdadera importancia? Estaremos de acuerdo en que la familia y la formación de los hijos la tienen.
Ocurre con muchos padres que, habiendo perdido todo contacto verdadero con sus hijos se lamentan, se escandalizan
cuando descubren a sus hijos o hijas adolescentes drogándose, desengañados, carentes de ilusiones, presas de la
anorexia, de los fracasos, de la violencia. Una gran parte de la juventud confiesa no tener un proyecto de futuro,
pregonan su carpediem.
¿Qué pudo ocurrir para que éstos sean los efectos? ¿Cómo puede ser que la subjetividad de los hijos se les escape de este modo a
los padres? ¿Cómo explicarnos que una gran parte de las consultas al Defensor del Menor sean para dirimir problemas
familiares? ¿se trata de lo que ahora se llama ausencia de comunicación entre padres e hijos? Pero de qué clase es el
supuesto diálogo necesario? No parece que la eliminación de la diferencia entre el adulto y los niños haya beneficiado
mucho, sí, puede haber más bla bla, pero simétrico, igualitario, lo que conduce a la infancia generalizada. En fin,
mas desconcierto, mayores síntomas.
El psiconálisis ha explorado las consencuencias del declive de la función paterna en la subjetividad de nuestra época, tanto
en el ámbito estrictamente clínico como en las formaciones sociales, desde la familia a las colectividades. El método
psicoanalítico es realista, lo que supone analizar la realidad tal como es y no aboga por lo tanto por restituciones
nostálgicas de un padre enclenque. Esta posición implica dejar de lado abstracciones idealizantes e impregnadas de moralina
para entender la lógica que produce estos fenómenos, a fin de ayudar a los sujetos a encontrar su solución que no puede ser
estandarizada, normativizada. He aquí que la función paterna ha perdido su incidencia particular, la que vincula a un deseo
particular, no anónimo, nuestra filiación a la ley simbólica. En su lugar han proliferado normas ciegas, universalizantes,
homogeneizantes, aquéllas que ahogan la disidencia, la diferencia, en donde antes se reconocía el carácter fecundo de las
individualidades. Pero no es tan fácil yugular la particularidad, y así su fuerza se hará sentir tanto más loca, cuanto
más feroces y autoritarias sean las normas.
Las frecuentes fugas de adolescentes de las instituciones dedicadas precisamente a subsanar los defectos de una
educación fallida, los crecientes fenómenos de violencia, los pasajes al acto suicidas, el rechazo a la aceptación de todo
límite, ilustran las formas infernales de respuesta a la que conducen estos principios “científicos”. Pero los ciudadanos y los
gobiernos, que ya saben de la inoperancia de la human ingenniering, no ven otra salida que retomar viejas costumbres
autoritarias y represoras, aunque revestidas de ideología democrática e integradora.
Cientos de instituciones psicoanalíticas en toda Europa demuestran que el conocimiento de las condiciones de la época,
de la función psíquica de la autoridad, así como la necesidad de preservar la subjetividad y su dimensión simbólica, tienen
una eficacia civilizadora, manifiesta en todos los ámbitos.
Cientos de estas instituciones trabajan con niños y adolescentes psicóticos, aquéllos que revelan en toda su crudeza la
inhumanidad a la que se ven sometidos por carecer de la función reguladora del padre. Esos resultados están ahí,
podemos leerlos, podemos aprender que, precisamente en razón de dicha carencia, la norma exterior, ciega, caprichosa,
despierta en ellos la más enérgica y errática conducta, las automutilaciones, las alucinaciones, las adicciones más
virulentas. Porque esa norma, en su intento de homogenización los expulsa, en lugar de contemplar su frágil identidad
induce a imperativos de dominio, de confrontación, de rivalidad enloquecida y persecutoria.
Uno de los colectivos con mayor incidencia de bajas por depresión es sin duda el del profesorado. A nadie se le escapa el
abismo abierto entre los adultos y los niños y jóvenes en el campo de la educación. Enormes esfuerzos de reciclaje, de
nuevos programas, de recetas pedagógicas no son suficientes para atemperar el desgano, el agotamiento, la falta de
ilusión de los educadores y el agobio, el desinterés, la ausencia de ganas de estudiar, la falta de atención y demás males de
sus educandos. Las razones profundas, las consecuencias de los cambios sociales a los que estamos asistiendo actúan
sobre la función actual del enseñante, que ha sido puesta en cuestión por la crisis de la autoridad y el cambio de los goces.
Esas razones son precisamente las que el psicoanálisis ha investigado, en el terreno, en los decires reales de las personas
orientado por una lectura de los hechos que incluye la dimensión del inconsciente y las pulsiones. De este modo ha podido
colaborar a la invención de fórmulas actuales, personales, inéditas, que favorecen los proyectos colectivos en lugar de
remitirse a normas abstractas. Para eso hay que tomar partido, me dirán, cierto. Nada cambia ni se arregla sin un
deseo clarificado, orientado, causado. Como tampoco nadie puede hacerlo en nuestro lugar, el psicoanálisis es la
práctica donde la responsabilidad subjetiva es convocada en toda su amplitud, por ese motivo es a veces tan incómoda,
porque cuestiona en su fundamento las salidas cínicas de que no hay nada por hacer o la hipocresía de los que hacen
“sin comerse el coco”.
Las instituciones hospitalarias, la psiquiatría orientada por el psicoanálisis, la práctica clínica con psicóticos ha permitido, una
vez cernida la causalidad psíquica de la locura, diseñar estrategias que involucran al sujeto y su otro, así se trate de su familia,
del colegio, del hospital, de sus terapeutas, que contemplan la subjetividad y la toman como el eje fundamental de la cura.
No la casilla, ni el DSM, ni las respuestas amparadas en la genética que declaran la incurabilidad de la esquizofrenia, del
síndrome bipolar, de la hiperactividad. Los propios sujetos saben mucho màs que los supuestos expertos de lo que les
pasa, pero es preciso saber escuchar sus producciones, sus temores, y responder oportunamente, salvaguardando
su enunciación particular. Aunque se trate de un autista, aunque sólo emita unas pocas palabras, o manifieste unas pocas
acciones. El psicoanálisis nos ayuda a encontrar allí al sujeto, en germen, sin identidad, pero trabajando para
defender su mínima existencia, solo, aislado, pero resistiendo a capa y espada a la sugestión normativizante. Si el autista ha
enfermado de lenguaje y de la presencia del otro, como lo demuestra que se tape los oídos y escape a nuestra mirada, es
en este terreno donde se juega la partida de su cura y esto exige el máximo cuidado en como nos dirigimos a él.
Los beneficios del psicoanálisis se verifican también en todos aquellos terrenos donde se requiere un diagnóstico estructural, como en aquellos que resultan de síntomas sociales muy graves.
Muchos psicoanalistas, en colaboración con jueces y asistentes sociales, han orientado resoluciones justas en casos de
drogadicción, de maltrato a la infancia y a las mujeres gracias, en primer lugar, a un buen diagnóstico. De acuerdo con
las más nobles pretensiones de los estados democráticos, aboga por medidas legales eficaces, por mayor protección a las
víctimas, pero afianza la elucidación de las profundas razones psicológicas que producen estos actos terribles.
La película “Te doy mis ojos” de Itziar Bollain ilustra con autenticidad la mal llamada violencia de género, refleja el atolladero
subjetivo de esta pareja que dice amarse, pero carga con una relación intimidante del personaje masculino con su padre y
su hermano, con su amarga certeza de ser un don nadie y de una relación también sin resolver, de la mujer con su
propia madre y su padre. Ah! El Edipo se anticipan los listillos. Más bien su falla, diremos, su falta de resolución, su i
neficacia para regular la humanización de la sexualidad que se inicia en la infancia, en el modo de subjetivar el deseo de la
madre y el caso que hace de la palabra del padre, así como el modo en que ambos viven y transmiten su diferencia.
El busca ayuda psicológica, pero el psicólogo le ahorra su responsabilidad inconsciente, le da reglas de comportamiento,
le sugiere la modificación de sus conductas. No nos extraña el brutal pasaje al acto final, decisivo, y la marcha de ella,
que confiesa no saber quién es. ¿qué le dirá a su hijo, cómo justificará su elección por ese hombre al que ha hecho
su padre? Lo fundamental queda en suspenso.
En fin, el psicoanálisis ofrece una salida a los malestares y clamores de la subjetividad actual, al sufrimiento subjetivo
derivado de los imperativos del consumo que ofrecen como única solución a las identidades maltrechas, el igualarse a cuerpos
modelos, el tener objetos cuya adquisición esclaviza, el narcisismo del sálvese quien pueda que erosiona las relaciones más
próximas.
A aquellos que no retroceden no les está prometida la felicidad, pero sí la alegría de haber encontrado un truco para vivir
mejor. Un saber acerca de lo que causa el deseo nos otorga la posibilidad de elegir y de asumir sus efectos con todas sus
consecuencias, sin dar vuelta la cara, sin distraernos de nuestras cosas importantes.
|