Nº 22

En este OBSERVATORIO PSI les enviamos dos textos presentados en la Mesa Lo Psi ¿un nuevo factor de la política?, que fueron presentados el día 14 de febrero en Barcelona y son:

Defender la laicidad del psicoanálisis, por Neus Carbonell y
Diabolus in musica: un encuentro laico con el psicoanálisis, por Iván Ruiz.
Los dos colegas estan llevando la iniciativa de la Asociación Por la Laicidad del Psicoanálisis.




Defender la laicidad del psicoanálisis
por Neus Carbonell

Mi primer encuentro con el psicoanálisis de Jacques Lacan ocurrió en una aula universitaria. Se trataba de un curso de postgrado en un programa de Literatura Comparada de una universidad de los Estados Unidos. El curso llevaba por título “Teoría francesa contemporánea”. Las lecturas obligatorias incluían diversos trabajos de Ferdinand de Saussure, Roman Jakobson, Gérard Genette, Jacques Derrida, y de Jacques Lacan. De éste último, los estudiantes debíamos leer “La significación del falo” y “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”. Textos que, en ese contexto, se proponían despojados de sus consecuencias clínicas. Sin embargo, las tuvieron para mi, aunque no podía saberlo aún. Mi primera lectura de los textos de Jacques Lacan supuso una experiencia de profundo extrañamiento, debía leer en una lengua extranjera, y en una doble traducción, unos textos para cuyo desciframiento no bastaba el diccionario. Y sin embargo, de todos los autores de ese curso, el más incomprensible fue el que tuvo en mi un mayor impacto. Su dificultad fue la causa de que continuara intentando su desciframiento más allá de ese curso y de los otros que completaron un doctorado. A ese encuentro debo también que diez años más tarde, ya en mi ciudad natal, acudiera a la consulta de quien sólo sabía el nombre y la dirección pidiendo para tratar el síntoma un psicoanalista lacaniano. Los escritos de Jacques Lacan habían tenido efectos más allá del sentido, aunque haría falta un análisis para empezar a capturarlos.

En “Prefacio a una tesis”, texto que aparece recopilado en Los otros escritos y que constituye, como su título indica, el prefacio a una tesis universitaria titulada “Jacques Lacan”, leída en Bruselas en 1970, Lacan escribe, aludiendo al discurso universitario, acerca de aquellos textos que “me plagiarán aunque sin dignarse a reconocerme. Interesarán para transmitir literalmente lo que yo he dicho: así como el ámbar guarda la mosca para no querer saber nada de su vuelo” (402). Preciosa metáfora para señalar que puede haber transmisión, aunque no haya saber.

En un aula, para mi suerte, se pudo transmitir el texto de Lacan literalmente, como el ámbar guarda la mosca; pero, ciertamente, sólo en un análisis se llega a saber algo de su vuelo. En ese vuelo, en el aleteo de las alas, como en el latido de la divisón subjetiva, para evocar una metáfora del mismo Lacan, surge lo más particular e irreductible, aquello que no es transportable, ni homologable, ni puede formar parte de ningún protocolo, ya sea universitario o profesional.

Ese espacio que ya Freud descubrió y que nombró como la laicidad del psicoanálisis, es lo que hoy defendemos frente a las intervenciones de un estado que se erige como garante de la felicidad y la seguridad de los ciudadanos. Urge defender nuestra laicidad, y la de nuestra formación, no sólo porque está en juego la supervivencia de la experiencia del psicoanálisis, sino también para frenar la pendiente invasora y entrometida del estado moderno que pretende extender sus tentáculos reguladores hasta lo más íntimo de cada sujeto. Desde luego, no es una intromisión bienintencionada ni ingenua, detrás se oculta el impulso desubjetivizador de las prácticas capitalistas contemporáneas.

En respuesta a este modelo de sociedad que se nos impone en la era de la globalización, el psicoanálisis sostiene el espacio para una ciudadanía laica, que no una ciudadanía felizmente anonadada que habita, para decirlo cándidamente con la ironía del ilustrado Voltaire, “en el mejor de los mundos posibles”.

Defender la laicidad del psicoanálisis en estos momentos implica apostar por un espacio laico en la ciudad en el cual poder pensar, analizar y sacar consecuencias de los síntomas del malestar contemporáneo, en lugar de los cielos prometidos por las religiones y del bienestar dispensado en píldoras por la industria farmacéutica. Deseamos una ciudadanía éticamente laica en un estado en que “Todo será para lo mejor en el peor de los mundos posibles”, como expresan las palabras de Philip Sollers en “Le Nouvel Âne”.

Defender la laicidad del psicoanálisis significa apostar por los efectos de verdad del saber sobre cada sujeto. Efectos que son irreductibles a un corpus sistematizado de conocimientos. Se trata, como indica Lacan en el texto “Alocución sobre la enseñanza”, de que el saber pase al acto, más allá de que la verdad pueda o no convencer.




Diabolus in musica: un encuentro laico con el psicoanálisis
por Iván Ruiz

A nadie extraña hoy escuchar cómo un artista reivindica el espacio de libertad que su acto de creación necesita. El artista debe resguardar la laicidad de su práctica, no es, sino, citando a Jacques-Alain Miller, “una opción de vida”.

Al mismo tiempo, lo laico, para el músico, pasa por su propia formación, más allá de títulos y acreditaciones académicas, que de provenir de un Conservartorio, no suele tratarse más que de un saber muerto en conserva. El control de su práctica corresponde, todavía, a la profesión musical, sin que sea demasiado manifiesta la intervención del Estado regulador al respecto.

Vista la batalla en la que nos encontramos todos aquellos que, desde el psicoanálisis, optamos por el inconsciente sin estar sometido a protocolos ni reglamentaciones, quién puede negar rotundamente que no vaya a ser éste el siglo en que el Estado regularice también la práctica musical y controle a los músicos laicos para evitar trastornos de conducta provocados por el intervalo conocido como diabolus in musica, depresiones exógenas a causa de las tonalidades menores o movimientos sectarios originados a partir de la audición de sinfonías de Mozart en la tonalidad de Mi bemol, una tonalidad supuestamente masónica, para conducir, así, nuestras vidas siguiendo el modelo del famoso flautista del cuento.

Hubo, en la Edad Media, un intento de control, por parte de la Iglesia, de ciertos recursos musicales, utilizados por los compositores de la época, que marcaron sustancialmente las prohibiciones que serían recogidas en los tratados de composición de los siglos posteriores. La intervención eclesiástica pretendía regular, esencialmente, aquellos giros melódicos que provocaban en el hombre afectos moralmente reproblables. Uno de ellos, el más blasfemo, conocido como tritono o diabolus in musica, a la vez que el intervalo considerado como la más temible de las disonancias, fue prohibido por contener medio tono más de lo establecido. En vez de responder a la distancia fijada de dos tonos y medio entre una nota y la otra, el tritono contenía medio tono en exceso. Pero, a pesar de la prohibición de su uso, no faltaron compositores que no pudieron sino sucumbir a lo enigmático de su sonoridad y acoger musicalmente lo fuera-de-ley que lo constituía.

Esa fue, quizás, en la adolescencia, mi creencia inconsciente: que la música acogería lo fuera-de-ley que me precedía en las generaciones de mi familia y que empezaba en aquel momento a resonar de forma ensordecedora en mi malestar. Pero la música no podía hacerse cargo de lo que vivía como excesivo. Medio tono de más en la escala, en la mesura de mi existencia, una disonancia prohibida que mi inconsciente insistía en hacer escuchar. Una angustia en el cuerpo que se me presentaba fuera de toda lógica y que, al estilo del estado legislador actual, pretendía someter a evaluación y control. ¡Qué candidez, la mía!

Solamente, el encuentro con un psicoanalista, en estas condiciones, me permitió, entonces, empezar a leer y entender la partitura que ya estaba escrita y cambiar de tonalidad, una tonalidad un tanto más cómoda. Con el tiempo me di cuenta que la elección por la música, a la que cada vez dedicaba más esfuerzo, no había sido una elección de la que pudiese hacerme responsable. Mi decisión de pedir el nombre de un analista vino justamente después de esta elección que me dejaba irremediablemente alienado a la música del otro. Y cada vez más, los síntomas y la angustia tomaban la voz cantante interfiriendo en mi práctica al piano hasta el punto de que los lapsus de memoria ponían en peligro mis actuaciones en público.

Eso fue lo que, finalmente, me llevó a consultar a un psicoanalista. Y lo que descrubriría más tarde, en el análisis, es que, en realidad, me dirigí al psicoanálisis para recuperar mi memoria. No podría haberlo buscado si no hubiese sido posible encontrarlo previamente en mi infancia. Por eso creo que mi encuentro con el psicoanálisis es un encuentro forzosamente laico. No fue ni un médico ni un psicólogo quien me orientó hacia él, sino el deseo materno lo que lo posibilitó. Acudí, perdido, a hablar de mis síntomas y me sorprendí haciendo existir mi inconsciente. Ya no había vuelta atrás en su lectura y desciframiento.

De ahí que el psicoanálisis debe ser laico o no será, pues, es únicamente de esta manera que puede acoger lo fuera-de-ley que escapa a ser cuantificado, mesurado o estandarizado. De la creencia en un inconsciente controlable con la que llegué a la consulta del analista hasta el descubrimiento de lo radicalmente íntimo que se encuentra en el interior del síntoma hay un recorrido que me lleva a apostar por el psicoanálisis, por el inconsciente y por el espacio de laicidad necesario para su ejercicio. No es, sino, “una opción de vida”.

Se atisba la posibilidad de reconfigurar la dimensión psi en Francia de un modo que tenga la ocasión de ayudar
efectivamente a los colegas de otros países a salir de los impases en los que se hallan actualmente atrapados.

(Extraído del apartado V del manifiesto de J.-A. Miller, Por una coordinación psi).