AGENCIA LACANIANA DE PRENSA
Nueva serie, n° 71
París, jueves 7 de abril de 2005




CARTA A ELIZABETH ROUDINESCO

Por Jacques-Alain Miller

Muy querida Elizabeth:

Al final del artículo que consagra al Sinthome en Le Monde de esta tarde, usted me recomienda "un poco de humildad". Es un poco exagerado.

¿Quién habla? ¿De qué magisterio proviene tal amonestación? De esta misma tribuna del Monde en la cual durante años fui crucificado, al punto de considerarme feliz por haber pasado al silencio, ya que mi nombre nunca figuraba allí sino para ser denostado.

Nuestra amiga Catherine Clément elogia en alguna parte mi "capacidad de resistencia". Es cierto. Imagínese, querida Elizabeth, que hace falta una brizna de orgullo para mantenerse firme cuando uno es pisoteado durante un cuarto de siglo, por todas las luminarias mediáticas con que cuenta Francia, desde el instante en que uno mueve una pestaña. ¿Soy grandilocuente? Precisamente, me gusta esta frase de Montherlant por su grandilocuencia: "Solo cuento con la idea que me hago de mí para sostenerme en los mares de la Nada". Está en Service inutile, que le gustaba a Camus .

A decir verdad, allí estaba sobretodo la idea que me hacía de Lacan, y que es muy distinta de la que usted propaga. Usted sabe que no leí la biografía que le consagró, pero me sorprendería que el papel que me hace jugar me convenga.

Guardé silencio sobre Lacan el hombre, y sobre los dieciséis años de mis relaciones personales con él. No rompí ese silencio, sino en beneficio suyo, cuando usted me interrogó para su Batalla de los cien años. Apenas comienzo a decir un poco más y ya se impacienta, me lo reprocha duramente: "Hubiera podido abstenerse, escribe, de celebrar demasiado su propio recorrido autobiográfico".

Se hubiera podido esperar que una biógrafa de Lacan aliente a la boca que se abre. Pero no. Obsequiosa, le ofrece la ayuda de una mordaza: "Cállate pues". Acá es a Baudelaire a quien se evoca: "Cállate, oh dolor mío, y quédate más tranquilo". Si yo soy su dolor, querida Elizabeth, como durante mucho tiempo usted fue el mío, y bien, permítame decirle que no terminó de sufrir.

Al revés de usted, nuestra amiga Catherine me invitó anoche a que empiece por hablar de mí cuando pronto tenga que decir en público algunas cosas sobre el psicoanálisis. Perdóneme, pero es su consejo el que voy a seguir y no el que usted me bocina en los oídos desde su altoparlante del Monde.

Usted dice que el motivo de su invitación a la humildad es que: "un poco de humildad es necesaria para el rigor". Esta hermosa máxima acuñada en mi honor, estoy listo para aprovecharla, pero es justa?

El rigor, dice usted. ¿Por qué sería necesaria la humildad para el rigor? ¿Por qué no el orgullo? El orgullo es mucho más necesario para el rigor que la humildad. Hasta podría ser que la humildad fuera totalmente perjudicial para el rigor.

El rigor es el rigor. Es el mismo si uno es arrogante o si uno es ameno. También se puede ser loco, eso no le hace nada. ¿Quién es más riguroso que un psicótico?

¿Por qué tendría que recibir de usted, querida Elizabeth, le pregunto, lecciones de rigor adornadas con la orden de tener que callarme?

Algunas líneas antes de su hermosa máxima, escribe que en los anexos del Sinthome figura, con la conferencia de Lacan en la Sorbona, una presentación de ésta hecha por Jacques Aubert. Es inexacto: las notas del eminente joyciano se refieren al conjunto del Seminario.

Usted escribe que "Lacan proyecta en Joyce su propia novela familiar". ¿Dónde lo vio? Lacan señala que su biografía concuerda con la de Joyce en algunos puntos: él también viene de una familia muy devota, escuchó a Joyce en la calle Odeon. Nada que ver con una proyección, término que, en psicoanálisis, tiene un sentido muy preciso, y que designa una operación de la que Lacan desconfió siempre.

Lacan no "participó" para nada en el coloquio de la Sorbona con los Señores Fulano y Mengano: vino a pronunciar la conferencia de apertura y luego se retiró. Lo se: yo lo acompañaba con Judith. Mi Dios! Estoy hablando de mí.

Usted ve en Le Sinthome un ejemplo de "la locura verbal del último Lacan" que lo tendría alejado "de un abordaje coherente de la vida y de la obra de Joyce". Miren pues! Se puede recusar cualquier cosa respecto al abordaje de Lacan, salvo justamente su coherencia. Utiliza a Joyce para sus propios fines, y el erudito podría criticarlo, pero cuestionaría su premisa, no su deducción. Más aún, encontramos que el erudito, al que se refiere, aplaude el gran esfuerzo del psicoanalista. Usted habla de su "desatinada búsqueda de una captura de lo indecible". ¿Por qué no? Pero eso es Roudinesco, no Lacan.

Todo esto resulta mucho en pocas líneas, querida Elizabeth, cuando se dispensa a todos los vientos una lección de humildad y de rigor.

A fin de cuentas le dejo la humildad y me guardo el rigor.

Es cierto que mi rigor no parece gustarle.

Respecto a las cincuenta páginas de mi "Notice de fil en aiguille", usted juzga que se encuentran allí "algunos comentarios útiles". Si, y muchos que son inútiles, sin duda. Pero todo está ahí: hay una "' urgencia de lo inútil", como dice Sollers. Es verdad que su nombre, tan presente en ese Seminario y en mi comentario, brilla por su ausencia en vuestro escrito.

Es claro, no podría decirlo todo en el restringido espacio que le concede el Monde des livres. Entonces usted elige. Yo puedo explayarme a gusto en el espacio inmaterial de la ALP, entonces no elijo, y mi énfasis incomoda su sentimiento del decoro. Mudo, yo era perfecto. Usted tenía carta blanca para acribillarme con sus flechas, yo no abría la boca. Discúlpeme si desde hace poco, lo prefiero a San Jorge en lugar de San Sebastián. Yo debo liberarla de un dragón que la tiene presa y la hace hablar con una voz en la que ya no reconozco a la encantadora y valerosa Elizabeth que me mostró el camino, a mí y a Jean-Claude Milner, del combate contra la evaluación.

Milner no tiene la misma inclinación que usted por la humildad. Su ensayo Existe-t-il une vie intellectuella en France? antes que yo le proponga ese título, se llamaba, Contre l'humilité. Veía en ello "el crimen contra el espíritu". Ahora se nos incita mucho a la humildad. No es la vox populi, no, es la cultura de la evaluación la que se expresa de esta manera. A todos se les prescribe la obediencia, se proscribe a los incrédulos, y a ese prurito por pensar por sí mismo en lugar de hacerlo siguiendo la pericia colectiva. Para los 'sociómanos", como los llama Sollers, todo lo que no es sumiso es antisocial. Lo que significa que uno siempre está equivocado al rebelarse.

No voy a entrar acá en la gran controversia de la humildad. ¿ Los antiguos conocían la humildad? ¿Si tenían la noción, tenían la práctica, o solo es una virtud cristiana y sobrenatural? Hay ahí un efecto dialéctico: tener el sentimiento de la propia pequeñez ante el Altísimo, más bien nos volvería intrépidos ante todo mortal. Es el secreto del orgullo de los judíos, es el principio de la intratable resistencia de los protestantes, es el resorte de la rebelión católica, la que dio en Francia un Pascal, un Peguy, un Mauriac, todo lo opuesto a ese conformismo evaluador en el que se abismaron los herederos del personalismo, que no la quieren más a usted, de lo que me quieren a mi. Porque si usted no es siempre rigurosa, querida Elizabeth, nunca es humilde. Esta idea le daría risa a todos los que la conocen, o hasta a quienes la leen. Esto le origina adversarios que, con frecuencia, son también los míos.

Hay un término que falta en esta carta, y que tengo que introducir antes de interrumpirla. Es el de magnanimidad, que fue un ideal de los Griegos -megalopsuchia- y de los Romanos -magnanimitas, neologismo de Cicerón- antes de ser heredado por el cristianismo. El que no está encantado leyendo el retrato del magnánimo en la Etica de Nicomáco, no sabría apreciar a Corneille ni a Stendhal. Respecto a esto me gusta bastante la síntesis de Santo Tomás, tal como la exponía en el pasado el Padre Gauthier contra el Padre Noble. El Padre Noble decía que "el hombre humilde no aborda las grandes empresas porque se sabe un ser incapaz. El magnánimo va a las cosas grandes, porque conoce sus posibilidades". La humildad sería para los mediocres, la magnanimidad para las almas grandes. Por su parte el Padre Gauthier conciliaba: magnanimidad en los asuntos humanos, pero, en la relación a Dios, la confesión del hombre de la nada propia.

Lacan, aunque tan versado en Aristóteles, no era magnánimo. Veía en eso una de esas formas de mandarse la parte que no lo impresionaban. Este cínico superior había, sin embargo, reconocido en mi una virtud que se le escapa, querida Elizabeth, y que yo reconozco gustoso que no es muy evidente en estos días: la modestia. Yo hace un tiempo impulsé eso al punto de querer "no contar para nada". Enseguida se lo tomaron a gusto conmigo, y sin duda esto me proporcionó un oscuro goce. Al respecto, usted bien dice que ya no soy el estoico que servía de punching -ball. El que tomaban de punto se rebela. Ensayo otra cosa.

Este nuevo sistema implica que no dejo pasar nada, ni este alfilercito con el que me pinchó hoy, como su última palabra, después de haber dicho por primera vez que aprobaba una transcripción mía. Quisiera continuar mereciendo sus elogios.

Considere que respondí a su fraternal corrección con otra. Usted sabe que estoy a su lado en lo esencial.

La abrazo afectuosamente.

Jacques-Alain

7 de abril 2005



Traducción: Gabriela Roth



SIGAN LA ACTUALIDAD DEL QUEBEC EN LEDEVOIR.COM
APOYEN A LOS CHECHENOS
Y SIGAMOS LA VIA DE LE COURTIL