AGENCIA LACANIANA DE PRENSA
Nueva serie, n° 46
París, sábado 19 de marzo de 2005




APERTURA DEL FORUM DEL 19 de marzo de 2005



APERTURA
por Jacques-Alain Miller

Buenos días, sean bienvenidos.

Esto no es un debate, ni un coloquio, ni unas jornadas. Esto es una Conversación.

Esta palabra está en uso desde hace varios años en el Campo freudiano. Designa una práctica de la palabra que consiste en buscar una forma de expresión pública que en lo posible carezca de efectos de prestancia. Su ideal es la institución tan francesa de la Conversación.

La primera de estas Conversaciones trataba de los casos raros, « Los inclasificables de la clínica». Tuvo lugar en Arcachon el 5 de julio de 1997, y ya fue Carole Dewambrechies quien la organizaba, con Jean-Pierre Deffieux, para mi y para el Campo freudiano.

Esta Conversación fue publicada en su momento, el volumen se agotó, ha sido reeditado de una manera idéntica en estos últimos días. En la contratapa escribí: « Primera parte: 18 casos clínicos, supuestamente "raros" o "inclasificables". Segunda parte: una conversación sobre esos casos, en un cenáculo de practicantes, parlamentando sin preocuparse para nada por el público".

Hablamos durante un día entero, con vistas sobre el Bassin. Nos dejamos por la tarde, contentos de sí mismos y de los otros. He aquí el "Campo freudiano" tal como es desde hace veinte años en sus tebaidas. Ese gai saber tiene su mérito a la vista del patetismo que conlleva nuestra práctica. De ahí surgieron varias Escuelas, una "Asociación Mundial de Psicoanálisis" y otras pequeñas cosas sobre las cuales llamaremos la atención en su momento.

Ahora hay razones para no ser tan discreto. Pero ¡chssss!

En Arcachon leí, ya hace 8 años, algunos pasajes del libro de Fumaroli publicado en la colección Folio Histoire de Gallimard, n°62, bajo del título: Tres instituciones literarias. Les reenvío a las páginas 213- 216 del libro La Conversation d’Arcachon (Navarin éditor).

¿Quién hubiera dicho hace 8 años en Arcachon, cuando estabamos entre nosotros, los docentes de las Secciones clínicas, con los mejores estudiantes, apenas 200, quién lo hubiera dicho hace 2 años y medio, en noviembre 2003, cuando nos lanzamos con furor contra la "caza a los charlatanes", como contestatarios, con la voz alta, como resistentes en lucha contra todos los poderes de este mundo coligados contra nosotros, quién hubiera dicho que hoy estaríamos acogiendo en una Conversación a un Ministro de la República y a dos antiguos ministros?

¿Cómo cambian los tiempos, no? O quizás no tanto. Son los caprichos de la Fortuna.

François Bayrou es el autor de un Enrique IV, editado en Flammarion, en la colección « Biographies historiques ». Lo encontrarán en la Librería del Forum. Tuve en mis manos este libro el miércoles, lo leí el miércoles por la tarde. Se empieza y ya no se puede parar, es verdaderamente lo que los americanos llaman un page turner. Tomo mis responsabilidades diciendo esto. Vayan a ver ustedes mismos si existe complacencia en este juicio.

En este libro encontramos toda una descripción encantadora de la corte de Nérac, de sus costumbres cultivadas y ligeras, y un retrato de Margarita de Valois, émula de la primera Margarita, Margarita de Navarra, la del Heptaméron, de la cual Lacan dice muy bellamente que la llevaba de la mano a lo largo de todo su Seminario La Ética del psicoanálisis.

Les voy a leer algunos pasajes tomados de las páginas 200 y 201 del libro. « Nérac era un remanso de tolerancia. Margarita lamentaba en verdad que la mayoría de los hidalgos fueran hugonotes, pero « esta diversidad de religión ni se mencionaba, el rey mi marido y la princesa su hermana iban por su lado a escuchar el sermón, y yo y mi carro a misa a una capilla que estaba en el parque ». (Margarita, Memorias).

Margarita mantenía un salón. Los grandes espíritus de la época se apresuraban a asistir a él: François de Candale, obispo matemático y hermeneuta, traductor en francés de Hermès Trimégiste, el gran erudito Joseph Scaliger, originario de Agen, apodado «el príncipe de las letras», Duplessis-Mornay por supuesto, pero también el primero de todos ellos, Michel de Montaigne que residió a menudo en la corte entre 1579 y 1580. Tal era la «academia de Nérac», más brillante aún que la academia creada en la corte de Francia por Enrique III. Árbitro de concursos de poemas, Margarita transcribía en su cuaderno el más bello de todos ellos, mientras que la música, el teatro y la danza tenían también su lugar en Nérac.

La fama de la corte sobrepasó las fronteras del reinado de Francia e inspiró a Shakespeare el escenario de su comedia Love’s Labours Lost (Peines d’amour perdues) publicada en 1598. La intriga era más bien bromista. El rey de Navarra se prometía pasar «tres años de estudios, sin hablar con ninguna mujer de su corte» (Peines d’amour perdues). Tan constante como su modelo real, rompía evidentemente su voto, exponiéndose al despecho de la princesa de Francia (alias Margarita).

La elección por Shakespeare de Nérac como escenario de estas sutilezas sentimentales no era infundada: la corte de Margarita de Valois dedicaba al amor un culto totalmente platónico, inspirado en los filósofos del Renacimiento que, como Marcile Ficin, hacían del amor de la mujer y de su belleza una prefiguración del amor divino. Castiglione, en su tratado El Cortesano había derivado un vade mecum de la vida de la corte. Se trataba de volver a la tradición de la primera Margarita de Navarra que algunos decenios antes en el Heptamerón, había celebrado las virtudes del amor.

Pero los refinamientos y las sutilezas de estos discursos amorosos no tenían mucho eco en los hidalgos gascones que aspiraban a placeres menos elaborados:

«La comodidad trajo consigo los vicios, como el calor a las serpientes. Muy pronto la reina de Navarra desoxidó los espíritus y oxidó las armas. Enseñó al rey su marido que un caballero estaba sin alma cuando estaba sin amor, y el empleo que hacía de ello no lo escondía, queriendo con ello hacer virtud de la pública profesión y que el secreto fuera la marca del vicio. Este príncipe tierno por ese lado, muy pronto aprendió a acariciar a los servidores de su mujer, y ella a acariciar a las amantes del rey su marido» (Agrippa d’Aubigné, Histoire universelle).

Y la misma Margarita en un corto diálogo compuesto en Nérac, La Ruelle mal assortie, celebraba un erotismo carente de toda ambigüedad :

«Acérquese, mi Peton, pues está usted mejor cerca que lejos. Y puesto que usted es más apropiado para satisfacer al gusto que al oído, busquemos entre un número infinito de besos diversos, cuál será el más sabroso para continuar con él. Oh, ¡cuán dulces son, y aliñados como a mí me gustan! Me encanta, y no hay en mí una pequeña parte que no participe y donde no azote ni llegue una chispa de voluptuosidad.... Ah, estoy sin aliento, y tengo que confesar que por muy bello que sea el discurso, este jugueteo le sobrepasa; y podemos decirlo sin equivocarnos: nada tan dulce, si no fuera tan corto» (Margarita de Valois, « La ruelle mal assortie», en Mémoires.) .

Entonces, acogeremos aquí a François Bayrou, doctorado en Letras, autor de este Enrique IV, que le hace de los nuestros.

Jack Lang es el autor de un Francisco I o el sueño italiano, y de un Lorenzo el Magnífico, los dos editados en la Librería Académica Perrin. El primero es de 1997, era difícil de encontrar, sólo pude conseguirlo ayer, gracias a Stella Harrison, a la que se lo agradezco. El segundo ha sido reeditado en libro de bolsillo, lo leí ayer por la tarde, está en la Librería del Forum. Es un pequeño libro maravilloso, un verdadero cuento de hadas político, pero verdadero, que se debería leer en los colegios, como un manual de instrucción cívica, para enseñar lo que es una política del deseo. No existen grandes políticas que no sean políticas del deseo.

Si este libro peca de algo, es sin duda por demasiado pudor, lo que podría inducir a error a los niños de los colegios, y hacerles descuidar la función del deseo sexual en la política. Pero no, estoy equivocado. Es únicamente que los Florentinos son menos francos que los Berneses. Sin embargo, podemos encontrar este bello pasaje en la página 59: « Lorenzo tiene dos mujeres y ninguna verdaderamente. Pero la una y la otra son necesarias para la manifestación de sus virtudes personales, de su moralidad particular que es la condición de lo que esperamos de él en política. No busca por fuera de él un modelo, se conduce hasta en su vida privada según los principios políticos, lo que supone, como lo señalará Maquiavelo, una ética exclusiva y rigurosa de lo político que erróneamente lo tomamos como una ausencia de ética. Lucrezia Donati y Clarice Orsini son un poco sus diques personales que canalizan el raudal de sus pasiones, de sus sueños, y le permiten contribuir a la vida apacible de sus conciudadanos. Poco le importa en el fondo que su reputación privada sea la de un juerguista o la de un marido poco atento, mientras que las apariencias de la seducción y de la vida marital le sirvan para ganar la confianza y el favor de los florentinos, mientras que se atenúen los rencores de unos y la envidia de los otros. Lorenzo no se engaña. En esto su carácter procede de la "raza heroica" de la cual habla Marcile Ficin, animado por el deseo de buscar lo permanente en lo efímero, luego de un conocimiento casi espantoso de la naturaleza humana que le permite realizar el gesto políticamente justo y de dar la impresión que da crédito al hombre, ofreciéndole la posibilidad de ser él mismo».

El capítulo 4 se titula "El príncipe de una revolución cultural". Es lo que he leído más exacto sobre la Florencia de los Médicis, y he leído mucho. Me gustaría leérselo por entero, les leeré algunos pasajes de las páginas 98 a la 101. "El papel del Príncipe es el de contribuir a entretener lo que Ernst Gombrich llamaba "las condiciones ecológicas del arte". Es el que muestra que la inversión, el riesgo, el comercio, todo lo que llama al saber hacer es más importante que el trabajo de campo. Es él el que tiene que probar que la aceleración de los intercambios y la subida de los beneficios facilitan los pedidos y la creación cultural. En un sentido, Lorenzo el Magnífico se comporta como un productor. Sabe luchar contra la pereza mental de sus contemporáneos, inclinados a estimar una obra de arte por el coste de las materias primas utilizadas -el azul vale más que el rojo, y un grupo de pastores cuenta más que el retrato-. Por sus pedidos, debe justificar el entusiasmo del erudito Matteo Palmieri: "Puedan hoy todos los espíritus reflexivos agradecer a Dios que les haya sido permitido nacer en nuestra época". Si consigue de esta manera convencer a los florentinos que cada uno puede ser filósofo o apreciar una estatua expuesta en la Plaza de la Señoría, se convierte en aquel que ha incluido el saber en la cotidianidad de una ciudad civilizada.

Ciertamente, Lorenzo no es el único príncipe que adoptó tal estrategia: cuatro siglos antes, un califa de Córdoba había adquirido el apodo de "rey poeta" por su ingeniosidad para conseguir sacar de la tierra jardines y monumentos, testimonios de su maestría sobre los elementos y de su poder sobre los hombres. En Italia incluso "los soberanos, si creemos a Stendhal, vivían como ricos particulares, en medio de todos los placeres del espíritu y las artes. Incluso las princesas no desdeñaban dejar caer sobre los hijos de las Musas algunas de sus miradas que hacen milagros. Pisanello había grabado en 1441 una medalla para Francesco Sforza donde el reverso asociaba la libra, el caballo y la espada, emblemas de un condottiere que se quería sapiente. Pero Lorenzo de Médicis tuvo la genialidad de proponer a sus conciudadanos una doble lectura de la historia del mundo que, como una de esas fuentes cuya composición fascinaba a los arquitectos, remontaba a su nacimiento y dibujaba su curso desde los orígenes hasta la "desembocadura apoteósica", Florencia. Se ve ahí la influencia clara de las pasiones filosóficas de Lorenzo, formadas -lo recordamos-, por haber frecuentado a Cristoforo Landino, profesor en la Universidad de Florencia, a Marcile Fincin y a León Battista Alberti, tenor del primer humanismo. En 1468, las diputationes camaldulenses de Landino ofrecen lo esencial de lo que está presente como un recreo de la inteligencia y define más bien la concepción cosmológica de los Médicis y de su entorno. Sirviéndose de Alberti como portavoz, Landino se hace el abogado de la visión platónica de un mundo único, en el espacio como en el tiempo, lo que implicaba la supresión de las representaciones distinguidas, paganas o cristianas. A Lorenzo "si quiere estar en situación de conducir con éxito los asuntos públicos" le toca distinguir por sí mismo y enseñar a los otros gracias al ejercicio de su razón los elementos de permanencia que, de manera casi subterránea aseguran la continuidad entre la grandeza de la Antiguedad y la de su tiempo. De esta manera, Lorenzo podría acceder al segundo mito fundador, el de los orígenes que sólo se deja acercar por la admiración de lo bello, por el amor de lo bueno y por el empeño de hacer el bien". Permítanme aún este retrato del joven Lorenzo, pág. 78: "La virtú del joven permite superar la impotencia o el desasosiego en el cual algunas circunstancias desfavorables habían sumergido a los Médicis. La virtú, es la lucidez, la capacidad de analizar los datos de una situación (aquí el complot), y luego de anticipar. Ella es siempre superior a la fortuna, en el sentido primero que le da Maquiavelo: "La que ciega el espíritu de los hombres (aquí los conjurados) cuando no quiere que se opongan a sus designios". Pero el triunfo de la virtú se acompaña de un cambio de sentido por la fortuna del vencedor. Ésta se convierte en "el sentimiento imperioso de la necesidad" que ha impelido a Lorenzo a un análisis brillante del peligro, del atentado, y le ha conducido a imaginar una astucia para que su padre escape a la muerte. La "necesidad" para Lorenzo consiste en poner en escena una elección de hecho ilusoria, salvo si se abandona el juego político. Él hace a su fortuna visible, lo que los celadores traducen por: "él da una prueba patente de su presencia de espíritu que le distinguirá tan eminentemente más tarde en otras muchas ocasiones". Acogemos entonces aquí a Jack Lang, autor de ese Lorenzo el Magnífico y profesor doctor en derecho, creador en otros tiempos del Festival de teatro de Nancy.

Renaud Dutreil ha escrito un libro publicado en Cherche-l.Midi en octubre de 2001, que desgraciadamente está agotado. Sólo pude tenerlo en mis manos ayer tarde gracias a Patricia Balme, a quién se lo agradezco. Lo leí esta noche. Tiene un título muy bonito, muy gogoliano: La República de las almas muertas. Bajo este título quizás poco vendible se trata de reflexiones "sobre Francia" -es el subtítulo- con las cuales me sentí en simpatía desde el primer momento.

Renaud Dutreil había escrito este último mes, para el número especial del Nouvel Âne que anunciaba este Forum, un pequeño texto que nos apuntaba directamente al corazón. Es un texto que toma partido contra la cultura de la evaluación generalizada, y en particular la evaluación de los "doctores de almas". Este uso de la palabra "alma" me había parecido suficientemente singular como para que diera a esas líneas al publicarlas, este título valeriano, "el Alma y el Estado". Y bien, pude percibir ésta noche que esa palabra "alma" va lejos en Renaud Dutreil.

Les voy a dar lectura de las primeras páginas del libro que son de una dulzura encantadora, muy "alma sensible": (los pasajes de éste libro serán publicados en una edición próxima).

Todo está por venir. El Cherche-Midi debería de editar este libro de bolsillo con otro título, merecería ser un best seller.

Recibimos entonces aquí a Renaud Dutreil antiguo alumno de la Escuela Normal Superior, Sección de Letras, autor de La República de las almas muertas.

Y bien, leyendo estos tres libros el miércoles por la tarde, el jueves por la tarde, el viernes por la tarde, y estamos a sábado, comprendí mejor porqué habíamos elegido invitar a estos 3 hombres, a estos 3 autores, y porqué ellos también nos habían elegido, quiero decir, habían aceptado nuestra invitación a esta Conversación. Por supuesto, en la vida pública son oponentes. Cuando unos tienen el poder, los otros no lo tienen. Uno es de derechas, el otro de izquierdas, el tercero de centro, un centro donde unos dicen que es de derechas y otros que hace el juego de la izquierda. Esta lucha es de un orden que tiene su realidad. Es la política. Y precisamente porque "el inconsciente, es la política" como lo decía el Dr. Lacan, la política, no es solamente mangonear en Verrochio, el taller de los Pollaiuolo, Ghirlandaio, no solamente parlamentar con Scaliger y Montaigne, no es solamente soñar, según la exquisita fórmula de Renaud Dutreil, de no "dejar a Francia morir como Rimbaud en una cama de hospital".

La historia, la política, es trágica, es el horror -no hay que olvidarlo nunca, como lo recomendaba Raymond Aron, que había sido vecino de Lacan en el Seminario de Alexandre Kojève.

La Europa democrática no está carente de tendencias criminales, según la fuerte expresión de Milner. Los Tchechenos asesinados todos los días ante la indiferencia de Europa están ahí para recordárnoslo.

Las tendencias criminales de los Estados Unidos, sólo hay que mirar hacia Abou-Graib, para verlas a plena luz. Hay que saber que las torturas, no menos psíquicas que físicas, que han descompuesto al planeta, son la aplicación de métodos que llevan un nombre: son exactamente los métodos conductistas.

El genial inventor del conductismo, B. F. Skinner, decía, y eso fue impreso en septiembre de 1971 en la portada del Time Magazine: «We can’t afford freedom», no nos podemos pagar el lujo de la libertad. En esta óptica él había escrito en 1948 una utopía infame, Walden Two, -oh! Tomás Moro- jamás traducida al francés, y con razón. En su inconsciencia -pues la canallería no excluye la idiotez, como Lacan lo había maliciosamente señalado- los adeptos franceses del conductismo han hecho traducir este libro y debían haberlo festejado el sábado último en el Espacio Cardin. Esta obra está anunciada en librería para el jueves próximo en las Ediciones In Press. Comprémosla. Tendremos la ocasión de hablar de él en el próximo Forum, aquí mismo, en 9 de abril. Mi conclusión viene ahora. Vichy, es todos los días. Vichy, es decir, la sumisión a los poderosos del momento; la ausencia de anticipación; la falta de lo que Maquiavelo, patriota italiano, llamaba la virtú, la valentía, el ardor, la energía, que la quería ordinata, organizada; el desconocimiento de las salidas que a esta energía organizada ofrecen siempre los caprichos de la Fortuna, figura mitológica de los real, en tanto que es "sin ley", como dice Lacan en Le Sinthome.

Señores Ministros, BHL, Jean-Pierre Elkabbach, Gérard Miller, Milner, Edwy Plenel, Philippe Sollers y yo mismo, les acogemos en nuestro Forum.

Acogemos en ustedes, no a tres hombres del poder, sino a hombres de ideas, a enseñantes, a doctores de Universidad, a autores, a intelectuales, en definitiva, nosotros no dudamos de los Amigos de las Libertades, que son nuestros aliados en el combate que vamos a llevar a cabo en Francia, que llevaremos por toda Europa, en América Latina, y mañana, hasta en los Estados Unidos de América, con nuestros amigos americanos.

Llamo a esta tribuna a Renaud Dutreil.

Ustedes escucharán primero el inicio de la « Prosopopeya de la verdad », de Jacques Lacan, leído por Irina Solano.



Traducción: Carmen Cuñat



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