AGENCIA LACANIANA DE PRENSA
Nueva serie, n° 45
París, viernes 18 de marzo de 2005




UN TEXTO DEL GRUPO DIX-IT

Por el grupo DIX-IT. Dan Arbib es alumno de filosofía de la École Normale Supérieure. Kalyane Fejtö es estudiante de doctorado de filosofía y psicología. Anaëlle Lebovits es estudiante de la Sección Clínica de París VIII, y de doctorado de filosofía en la Sorbona. Déborah Gutermann es estudiante de doctorado de historia y profesora de historia y geografía. Annabela Tournon es estudiante de la Escuela de Bellas Artes.



¿Qué es un acto político?

Tenemos la edad que tenían nuestros padres en el 68, y constatamos que, hoy, muchos grandes intelectuales de Francia son antiguos militantes del 68. Pero el 68 se detuvo en mayo, y la desilusión sucedió a la euforia. Alain Finkielkraut da testimonio de ello cuando escribe, en los años 80: «el militante de los años cruciales del 68 al 73 ya no tiene lugar en el decenio que empieza. Ha muerto.». ¿Es decir, que los grandes proyectos de sociedad ya no tienen razón de ser? El pesimismo político propio de una gran parte de nuestra generación está sin duda a la altura de la desilusión de nuestros padres. Sin embargo, dar contenido al acto político es una tarea que nos incumbe, si es cierto que un legado no es una cosa muerta, sino una invitación a pensar y actuar. Si el rol del ciudadano es preocuparse por la ciudad, la acción política como obligación moral quizá no es el modo que conviene a esta preocupación. El acto político logrado emana, por el contrario, del deseo del sujeto.

Actuar en política, sobretodo cuando no se es político de carrera, cuando es otra la causa que uno ha elegido, es, en lo que nos concierne, abrirse camino de la causa freudiana a la causa del pueblo. La oposición en quiasmo a nuestros mayores es, en ese punto, radical, y les damos las gracias por habérnoslo permitido. Nuestro pasaje a una causa del pueblo se inspirará en lo que la causa freudiana nos ha permitido captar de nosotros mismos: un cierto rechazo a creer en Papá Noel.

Hay más de un tema de filosofía a tratar cuando nos interrogamos sobre el acto político. Pues lo que está en juego es nuestra identidad misma de ciudadano. El acto político tiene lugar en la ciudad. Es una diferencia específica respecto al acto como género. Definir el acto político consiste pues, en primer lugar, en encontrar en él la dimensión de la ciudadanía.

El ciudadano es el hombre que vive en, para y por la ciudad. No es solamente un hombre, sino un hombre vuelto hacia los otros hombres. Un hombre cuyo elemento sea lo político; lo político y no la política. La diferencia es importante. En ese sentido, el acto político es el acto vuelto hacia todos: voto, manifiesto, escribo, pero detrás de mi voto, detrás de mi manifestación, detrás de mi artículo, es lo universal quien habla. Lo universal, uni-versus: cada uno está vuelto hacia todos, y de ese movimiento emerge la unidad de la comunidad, república-una, cierto, pero ¡oh, cuán divisible!

La diversidad empírica cede en derecho ante la universalidad de una República. La voluntad general es la voluntad universalizada: cuando voto, e incluso cuando decido no votar, afirmo un deseo para Francia entera. Ningún corporativismo, ningún comunitarismo: la república no es ni una mafia ni una tribu. En tanto que ciudadano, decido por los demás – por todos los demás –, y todos deciden por mi. El acto político interroga a mi responsabilidad y a la de mis conciudadanos en lo que nos ocurre de común.

Así, mi acto político me sobrepasa por esencia. ¡Qué pensar de un hombre que, compartiendo con otros la propiedad de un barco, destruyera la parte del casco que le perteneciera, diciéndoles a los demás: «si quiero hundir mi lado, es asunto mío» para así decir «después de mi, el diluvio»! La alternativa es simple: o nos hundimos todos, o nos salvamos todos. El acto político es el resultado de esa conciencia. Eso es decir que el hombre es ciudadano o no es: un animal hablante y pensante es un animal político – como nos indicaba Aristóteles.

Nada puede ser más extraño a esta conciencia de nuestra responsabilidad particular por los demás que la política del acto zapping marcada por la inmediatez y la brevedad, el sentimiento de deber actuar cuando no se sabe a qué atenerse. Tales son las consecuencias de un compromiso que pasa del registro del deseo de actuar para modificar lo real al registro sintomático de la pulsión. Acto salvador de una generación del anonimato y de la insignificancia, cuya meta es, finalmente, la de experimentar la sensación de estar vivo o de ser visible. Ese no es el acto político concernido entonces en su diferencia específica, es la acción en tanto género, la acción por sí misma, «por nada» dirán algunos, quizá simplemente «por sí solo o contra sí mismo».

La acción política-síntoma pasa del registro de lo universal a lo singular de la neurosis. Aparece como un tropiezo del acto, en el sentido de que fracasa en su objetivo fantaseado para servir a los propósitos narcisistas de un sujeto a la búsqueda de una identidad tras la etiqueta de «militante». Atrapado en la paradoja de un actuar político salvador y desesperado que le prueba que es «uno», el militante-soñador de acto se pierde en la multitud y el anonimato del grupo.

Poco lugar para el deseo en esta mascarada donde la fantasía del compromiso hace las veces de realidad efectiva. El acto logrado no puede valer más que como suma de deseos particulares, sin que constituya un fenómeno de horda que se disuelve una vez alcanzado el goce pretendido. El universal sólo se alcanza si se expresa la singularidad de cada uno. Esta expresión exige una firma. En política, avanzamos desenmascarados.

Es justamente el acto político fracasado, entendido como obligación moral, lo que está aquí en juego. Pues, cuando está animada por el deber, la moralidad de nuestros actos permanece siempre incierta. Otros motivos son siempre susceptibles de confundirse con nuestra representación del deber. El deber al que apuntamos está subordinado a lo que creemos querer. Hay que despojar pues el acto político de lo que ignoramos de nosotros mismos, lo cual interviene en todo deber.

Cuando todavía está animado por el deber, el acto permite tener esperanza. A falta de ser eficaz, el acto dictado por el deber es bien intencionado. Para que sea efectivo, hay que despojar pues el acto político de la esperanza consubstancial al deber que lo funda.

Cuando está animado por el deber, el militante sucumbe a la tentación de erigir en norma la voluntad que sostiene su acción. Los militantes tienen que andar marcando el paso, y el hombre de deber no se contenta con hacer el suyo, dicta además su deber al otro. Ustedes lo saben, ese otro que no existe. « ¿Nuestra moral? decía alguien (Ernest Jaubert), una borla suave para nosotros, una almohaza para los demás. » Pensamos que la razón práctica no debe ser una ciencia de la práctica, sino una razón crítica de las opiniones erigidas en normas. En efecto, el saber que permite el acto político logrado no es un saber totalizado. Solamente el sujeto, pues, debe ser considerado como el resorte supremo de la moralidad. Hay que despojar la acción política de la norma que la llama.

Si efectuamos, con Freud, una reducción genealógica del deber y lo que nos encontramos es la percepción interna del rechazo de ciertos deseos que nos afectan, tendremos que oponer a la «voz de bronce del deber», dictada por el síntoma, la voz efectiva del deseo que nos anima.

Tomar parte en el debate en la ciudad es, en primer lugar, tener la idea de que uno es responsable y, a continuación, de que uno es libre en un sentido por lo menos. La libertad es «la palabra que más canta», decía Valéry. ¿Pero qué implica nuestro ser-libre?

Lo que la causa desde la que hablamos nos permite captar es que toda servitud es voluntaria. Nada que vaya tan en el sentido de la lex freudiana: «lo que has querido y que ignoras, las consecuencias de tus actos te lo enseñan». Entonces, y dado que nuestros mayores nos han legado no un régimen totalitario sino un régimen donde la libertad está inscrita en el principio de la Constitución, nuestra servitud debe ser entendida como emanando a título doble de nuestra voluntad.

E incluso si la ciudad en la que nos situamos nos fuera impuesta de parte a parte, incluso si fuera una pura transmisión sin sujeto como un código genético, si nos hace sufrir, si es nuestra, si es nuestra historia, y por poco que nuestro inconsciente haya puesto algo de su parte, estamos implicados en ella incluso más que si lo hubiéramos decidido. Es cuando no creemos que otro pudiera ser responsable de nosotros, es cuando ya no creemos en el pequeño padre de los pueblos más que en el Papá Noel, es entonces que toma sentido el acto político.

Actuar en política, entonces, es admitir que el sujeto responsable no es siempre libre. Es responder de que esta ausencia de libertad todavía le incumbe. Si queremos una política que nos convenga, tenemos que dárnosla. Actuar en vistas a producir un acto político supone, retomando las palabras del cardenal Retz, que «hay que procurar siempre concebir los proyectos de manera que su propio éxito vaya seguido de algún beneficio.»

El acto es, efectivamente, «lo que depende de sus consecuencias, desde las primeras en producirse». Lo que es cierto del acto que no compromete más que a nuestra persona, lo es también del que nos compromete a todos. El acto político no es el espejo del sujeto. Se pone en obra en el espacio compartido de la ciudadanía. Es a posteriori que habrá que reconocer la intención que preside nuestros actos. Pero lo que sabremos a posteriori de nuestros actos – si son fallidos o logrados – podría muy bien parecerse a un régimen totalitario. De donde la urgencia para concluir siempre antes de que las últimas consecuencias de nuestros actos nos indiquen a donde vamos. ¡En el momento de concluir, en política, es a menudo demasiado tarde! Ya no vamos hacia ahí, ya estamos ahí.

Tranquilicémonos, Francia no es Rusia. Francia es el país de la Revolución y de los Derechos del hombre. Tranquilicémonos, pero a pesar de todo: Francia es quizá el país de la Revolución y de los Derechos del hombre, pero es también el país del colaboracionismo.

El acto político supone decidir afrontar la angustia de un pasado irremediable y de un futuro también irremediable, salvo que se tome de ello íntima conciencia. Atrapado en el encabalgamiento de los tiempos, el tiempo de la eficacia y el tiempo, lógico, del sujeto, cuando lo insoportable señala la punta de la nariz hay que considerarlo como imposible de soportar. Combatir lo imposible en que estamos atrapados es decir, como el poeta:

Si sólo quedan mil, con ellos estaré;
Si sólo quedan cien, yo contra el dictador;
Si sólo quedan diez, el décimo seré;
Si sólo queda uno, serlo será mi honor.
                                                                       (Victor Hugo)

Abandonamos pues la postura Bovary y la época del fantasma para abrazar la época de un deseo que nos señala una urgencia.

En duelo por la esperanza, despojados de la normatividad y del deber, tenemos el deseo de hacer de ese mundo sobre el que se abaten las tinieblas de «la evaluación» un lugar del que podamos decir "yo soy de ahí". Pues somos de ahí, y respondemos de ello en derecho como de nosotros mismos.



Traducción: Glòria Bladé



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