Seguramente una de las grandes conquistas del estado democrático es ofrecer el amparo legal para todas aquellas personas que, en un determinado momento, puedan ser víctimas de la violencia. No es menos importante para una comunidad conseguir dotarse de los medios para asegurar la supervivencia digna de tales personas en situación de vulnerabilidad ocasionada por el doloroso trance que les ha tocado vivir hasta tanto puedan retomar las riendas de sus perturbadas vidas.
Seguramente estos progresos no serían posibles si en la sociedad no hubiera despertado una aguda sensibilidad que considera a la violencia inadmisible y hace oír, por tanto, su inequívoca y manifiesta repulsa. Al tiempo en que vemos crearse, en muchos lugares del tejido social, respuestas nuevas destinadas a colaborar en la solución de los problemas añadidos, como el que atañe a los hijos y demás familiares, también afectados por estos traumas.
Seguramente un estado de opinión receptivo permite que muchas personas que antes sufrían en silencio, resignadas a un destino que consideraban imposible de modificar, se animen a abrir las cerradas puertas "para adentro de su casa". Porque, felizmente, ahora, disponen de destinatarios atentos a su tragedia, que tienen en sus manos la posibilidad de actuar rápidamente para salvaguardar su vida y sus derechos.
Una vez reconocido este contexto social favorable a la solución de estas indeseables situaciones, debemos ocuparnos de analizar ciertas paradojas: Un altísimo porcentaje de las mujeres que denuncian el maltrato consienten en ignorar la orden de alejamiento. Es lamentable la frecuencia con que muchas otras retiran la denuncia luego del primer impulso. En una enormidad de casos las mujeres se mantienen en una secreta mortificación, aún disponiendo de medios personales para rebelarse y de una familia dispuesta a apoyarles.
¿Cómo explicar la causa de tales conductas, la adhesión a semejantes desgracias? Para ello es necesario extraer las consecuencias reales de estas paradojas psíquicas, de estos interrogantes morales a partir de la orientación rigurosa que nos ha legado Freud. Hemos de recibir cada caso sin prejuicios ni ideologías, con la disposición prudente y realista que requiere nuestra clínica. Uno por uno, caso por caso, podremos ayudar a la persona que sufre una situación de violencia a deducir la lógica inconsciente en la que está atrapada, a fin de sostenerle en la búsqueda de la buena solución, la que atañe a esa persona en singular.
Una mujer en la treintena acudió al CPCT acompañada por su pareja. Consultaba porque tenía miedo de que él pudiera matarla. Padres de una niña de pocos meses, llevaban juntos tres años y medio. Recién nacida la niña se produjo el primer episodio de violencia física, luego del cual ella cogió al bebé y fue a denunciarle a la policía, no sin antes informar a los padres de él lo sucedido. A partir de entonces él se mostraba irritable, la trataba mal y en varias ocasiones ha tenido miedo de que la matara o le hiciera daño. Ella es inmigrante, pero no hizo ninguna mención a su condición en el inicio aunque en el momento de firmar su consentimiento a ser atendida en el CPCT, expresó una clara reticencia. Su resistencia a informar sobre identidad, despertaba un interrogante sobre las motivaciones que justificarían tal conducta.
Esta reacción provocó una respuesta en el analista que le recibió inicialmente, quien puso como condición, para ser tratada en el CPCT, la revelación de ese dato porque, le dijo, el tratamiento psicoanalítico se basa en la confianza. A posteriori pudimos entender esta negativa como una manera de poner a prueba el interés que ella podía despertar en el Otro, porque cedió de inmediato ante esta limitación. La intención subjetiva de despertar el deseo en el otro y el consentimiento a las condiciones del dispositivo constituían signos de su posición histérica. Siendo el diagnóstico estructural, esencial a tener en consideración para orientar nuestras intervenciones, estos signos iniciales son fundamentales en nuestra valoración.
En la primera sesión de tratamiento manifestó encontrarse más tranquila, comentó que él dormía casi todas las noches en la casa de ella, que compartieron hasta el episodio de violencia, luego del cual se separaron. Se ha dado cuenta, decía, que se privó de muchas cosas por miedo de importunarle, para no ponerle nervioso. Afirmaba haber tomado la decisión de afianzarse en sí misma, recuperando sus espacios de libertad. El es extremadamente celoso, de hecho fue el motivo por el que la atacó la primera vez. Durante los seis meses que estuvieron separados como consecuencia de aquél suceso, vigilaba todos sus movimientos. Reconocía hallarse atrapada en una situación sin salida, porque desde entonces temía que la matara o le hiciera daño, pero también tenía miedo de dejarle.
Seguidamente la paciente intentó una salida falsa a su problema, una autoafirmación engañosa y pueril, expresión de una neurótica belle indiférence. Creía que "quitando hierro", podía convertirlo en un juego. Ante mi intervención en la que lo caractericé como un "juego de alto riesgo", pudo admitir que ella le provocaba con intrigas. Su novio, "muy inteligente e intuitivo, se da cuenta de todo".
Posteriormente le devolvió las llaves de su casa, finalmente -dice- siendo el padre de su hija se merecía un voto de confianza. Me preguntó mi opinión, porque había decidido "no ver y tirar para adelante" con la relación. Mi respuesta fue tajante, se puede decidir no ver, efectivamente, pero no cuando pesa sobre nosotros la responsabilidad sobre un menor. En ese caso, afirmé, es preciso tener en muy en cuenta las consecuencias de lo que hacemos. Confrontada a esta elección subjetiva, que concierne a lo que Freud denominó "represión", un mecanismo psíquico "equivalente a un juicio que rechaza y escoge" fue presa de una conmoción corporal.
La vez siguiente la paciente reconocía haberse dado cuenta de que ella insistía en que cambiara él cuando, en realidad, la primera que tenía que cambiar es ella. Admitía haberse considerado una superviviente y no querer serlo más, debía hacerse mayor y afrontar los deberes de la vida. En la sesión siguiente, la quinta, refirió un ataque de rabia con su pareja, admitiendo que era desorbitado, no sabía si la rabia era por él o por ella misma. El había bebido más de la cuenta y le recordó a su padre. Al entrever el rasgo paterno en su elección amorosa, pudo formular su negativa a que su hija pase por lo mismo que ella sufrió en su infancia.
Lloró amargamente, asumiendo que debía tomar una decisión, y que tenía mucho miedo de enfrentar la vida sola. Pero se había dado cuenta de que antes le atemorizaba él cuando, en realidad, se trataba de hacer frente a sus propios miedos. Esta distinción le ha permitido establecer y entender la diferencia entre sobrevivir y vivir, situándola en una verdadera encrucijada.
En la sexta sesión que mantuvimos se precipitó una conclusión. Había resuelto hacer con un pacto con su pareja. Compartirán los gastos de la casa que ella cubría sola hasta el momento, él seguiría en tratamiento psicológico comprometiéndose a resolver sus problemas, y seguirán juntos con la condición de no consentir ni insulto ni ninguna agresión nunca más. Sabe que no hay garantías para este acuerdo pero ha decidido apostar por esta relación, estando ahora advertida de la elección que ha hecho y de que la calidad de su vida depende de su responsabilidad.
Este caso nos enseña que lo esencial en la resolución del maltrato es la posición subjetiva de la mujer en la relación que establece con su partenaire. La evidencia de que una mujer pueda entregar su cuerpo, sus bienes, su alma, en el decir de Lacan, intentando recibir, como contrapartida, su ser del hombre a quien ama, ha multiplicado las versiones sobre las razones que podrían impulsar a las mujeres a mantenerse en situaciones de maltrato y que oscilan entre considerarlas víctimas o "culpables". Los carteles que hemos visto hace poco tiempo en el metro portando el lema de "ya no me humilla" consolidan el mensaje sobre la víctima aludiendo a una situación de atentado moral que podría resolverse con la voluntad y una buena dosis de autoestima. Ciertamente, la primera consideración que se nos impone ante una mujer maltratada es la de víctima. Pero, una vez garantizada su protección legal y física, en un segundo momento, es preciso ir más allá de los hechos para que conseguir acceder a la lógica inconsciente de tal modo que pueda surgir la verdadera cuestión, víctima de quien, ¿de él o de ella misma?, como lo enunciaba esta paciente.
En el otro extremo de los razonamientos se ha llegado a pensar si las mujeres encontrarían algún placer en el sufrimiento. Aunque no la sostuvo, Freud mismo llegó a formular la pregunta por la existencia de un masoquismo esencialmente femenino. Freud animó a las psicoanalistas mujeres a participar del debate respecto a la sexualidad femenina en el marco del cual se expusieron tesis encontradas. Una de sus destacadas discípulas, Helen Deutch, no dudó en afirmar que habría encontrado en sus pacientes una fehaciente comprobación de que la esencia de la feminidad revela un carácter masoquista de la satisfacción libidinal. Con toda razón se rebelaron otros autores como Jones y autoras como Karen Horney al poner en evidencia el sesgo equivocado de esas conclusiones. Ese debate fue clausurado hasta que Lacan lo volvió a abrir en un congreso en el año 59. La primera gran aportación de Lacan fue contundente: el masoquismo femenino es un fantasma de los hombres.
La investigación clínica constante y un debate sostenido de Lacan con el feminismo permitió alumbrar la lógica compleja en la que se desliza la mujer intentando encontrar su subsistencia como ser particular y como la mujer de un hombre. Gracias a estos avances es posible realizar, en el marco del dispositivo analítico, una elaboración psíquica de los resortes inconscientes y de los fantasmas implicados en las elecciones y en las posiciones que adoptan las mujeres intentando resolver el enigma inherente a su condición sexual. De este modo se puede revertir una desgraciada tendencia al autosacrificio en la que Freud encontró la fuente del mayor de los enigmas con que la subjetividad de los humanos nos sorprende. Una zona opaca y silenciosa, generadora de un atractivo tan incomprensible como irresistible, puede oponerse al dominio de Eros, de la vida. En la medida en que la mujer tiene, por estructura, un contacto mayor con esa zona, puede ser más vulnerable a sus efectos deletéreos. Pero, también, un buen uso de esta vecindad puede ser muy fructífero y saludable. Por eso Lacan, al explorar la estructura de la sexualidad en el seminario de La angustia, calificó a la mujer de "más real y más verdadera."
* Intervención en la I Jornada del CPCT- Madrid: "El Psicoanálisis en la ciudad. La Clínica del CPCT y el abordaje de los síntomas actuales". Octubre 2007.
|